El jardín del Self: del primer rito funerario al bosque interior
Un ensayo en el estilo de Paco Lerín: cálido, contemplativo, científico y poético.
Cuando enterramos a nuestros muertos, empezamos a preguntarnos quiénes éramos
Hay quien dice que la humanidad comenzó cuando aparecieron las primeras herramientas.
Otros sostienen que comenzó con el lenguaje.
Pero existe otra posibilidad mucho más hermosa: que la humanidad comenzara el día en que alguien se detuvo ante el cuerpo de un ser querido y comprendió que la muerte significaba algo.
Cuando nuestros antepasados empezaron a realizar rituales funerarios, algo cambió para siempre.
Ya no eran simplemente animales que reaccionaban al entorno.
Ahora recordaban.
Ahora imaginaban.
Ahora se preguntaban.
¿Dónde está?
¿Ha desaparecido?
¿Continúa existiendo de alguna manera?
Y, quizás, la pregunta más importante:
Si él ya no está, ¿quién soy yo?
Desde entonces, la historia del ser humano ha sido, en gran medida, la historia de dos preguntas inseparables:
- ¿Qué es Dios?
- ¿Qué soy yo?
Quizás nunca hemos dejado de formular la misma pregunta, solo que con palabras diferentes.
Dios como espejo del ser humano
Cada cultura ha creado una forma distinta de comprender el misterio.
El animismo descubrió el espíritu en los árboles, en los ríos, en las montañas y en los animales.
El politeísmo imaginó múltiples fuerzas divinas, cada una representando un aspecto diferente de la existencia.
Las religiones monoteístas hablaron de un Dios único, creador y sustentador del universo.
El panteísmo afirmó que Dios no estaba separado del mundo, sino que el mundo entero era la expresión de lo divino.
El agnosticismo decidió suspender el juicio.
El ateísmo dejó de buscar una inteligencia trascendente.
Y las tradiciones no teístas, como el budismo, dirigieron la mirada hacia el interior, descubriendo el vacío (sunyata), no como una ausencia, sino como una realidad abierta, interdependiente y profundamente conectada.
Curiosamente, cada una de estas visiones no solo habla de Dios.
También habla del ser humano.
Porque la idea que tenemos de lo divino suele ser un reflejo de la idea que tenemos de nosotros mismos.
Si Dios es un juez, probablemente nos juzgaremos.
Si Dios es amor, quizás aprendamos a tratarnos con más ternura.
Si Dios es una fuerza presente en toda la naturaleza, tal vez descubramos que nosotros también formamos parte de un gran organismo vivo.
Y si no existe Dios, seguiremos necesitando responder a la misma pregunta:
¿Quién soy?
El gran espejismo del yo
La mayoría de nosotros creemos que poseemos una identidad estable.
Decimos:
—Yo soy generoso.
—Yo soy tímido.
—Yo soy fuerte.
—Yo soy una persona insegura.
Pero ¿es eso realmente cierto?
Cuando pensamos que somos generosos, solemos recordar las veces que hemos sido generosos.
Cuando pensamos que somos egoístas, recordamos los momentos en los que actuamos con egoísmo.
Nuestra memoria selecciona acontecimientos.
Nuestras emociones seleccionan recuerdos.
Y nuestra mente rellena los huecos.
Construimos una narración.
Después, confundimos esa narración con nuestra identidad.
Sin embargo, no somos la misma persona que fuimos a los cinco años.
No somos la misma persona con nuestros hijos que con nuestros amigos.
No somos la misma persona en el trabajo que cuando estamos solos.
No somos los mismos cuando sentimos miedo que cuando nos sentimos amados.
Entonces, ¿quién es ese «yo» del que hablamos?
El yo como sistema: la mirada del IFS
El modelo de Sistemas de la Familia Interna (IFS) propone una idea fascinante.
No somos una sola mente.
Somos un sistema.
Dentro de nosotros existen diferentes partes:
- La parte protectora.
- La parte crítica.
- La parte perfeccionista.
- La parte que tiene miedo.
- La parte que necesita reconocimiento.
- La parte que quiere huir.
- La parte herida.
- La parte alegre.
Todas ellas intentan ayudarnos, aunque sus estrategias no siempre sean las más adecuadas.
El problema aparece cuando nos fusionamos con ellas.
Entonces dejamos de decir:
«Una parte de mí siente miedo».
Y empezamos a decir:
«Yo soy miedoso».
Dejamos de observar la emoción.
Nos convertimos en ella.
Algunos documentos lo expresan maravillosamente: hablar desde el Self no consiste en eliminar las partes ni en alcanzar un estado perfecto, sino en aprender a estar con todo lo que somos con más espacio, más compasión y más conciencia.
El Self, según IFS, es ese estado interno que escucha, acompaña y comprende, sin fusionarse con el miedo, la rabia o el juicio.
Y lo más interesante es que el Self no es algo que se construye.
Siempre está ahí.
A veces está cubierto.
Pero nunca desaparece.
El Ser Esencial en la tradición sufí
La tradición sufí utiliza otro lenguaje.
Habla del Zhat o Dhat, el Ser Esencial.
Algunos documentos lo describen como el núcleo profundo e invariable del ser humano, aquello que permanece mientras todo lo demás cambia.
La personalidad, el ego o nafs son múltiples y están condicionados por el entorno.
El Ser, en cambio, es único.
Y aquí aparece algo extraordinario.
Dos tradiciones muy diferentes llegan a una conclusión muy parecida.
El Self del IFS y el Dhat de la tradición sufí se describen como un núcleo sano, organizador y orientado hacia el equilibrio. De hecho, uno de tus textos establece explícitamente una equivalencia funcional entre ambos conceptos.
Pero el sufismo añade un matiz.
El Ser no es solo una estructura psicológica.
Es también una puerta hacia algo más amplio.
Los lataif, los órganos sutiles descritos en la tradición, representan diferentes niveles de percepción: el corazón, el espíritu, el secreto, el arcano y el núcleo más profundo del ser.
No importa si interpretamos esto como una metáfora espiritual o como un mapa fenomenológico de la conciencia.
Lo verdaderamente importante es que ambas perspectivas señalan la misma dirección:
Debajo del ruido existe una inteligencia más profunda.
Un cuento de Nasrudín
Se cuenta que Nasrudín buscaba desesperadamente una llave debajo de una farola.
Un vecino lo vio y comenzó a ayudarlo.
Después de media hora buscando, le preguntó:
—¿Estás seguro de que la perdiste aquí?
Nasrudín respondió:
—No.
La perdí dentro de casa.
—Entonces, ¿por qué la buscas aquí?
—Porque aquí hay más luz.
Durante siglos, hemos buscado nuestra identidad donde había más luz.
En las ideas.
En las religiones.
En las ideologías.
En las etiquetas.
En las profesiones.
En el reconocimiento social.
Pero quizás la llave siempre estuvo dentro.
El bosque como metáfora del alma
Durante mucho tiempo, la biología consideró que las plantas eran organismos aislados.
Hoy sabemos que eso no es cierto.
Un bosque es una comunidad.
Las leguminosas fijan nitrógeno en el suelo.
Los hongos crean redes subterráneas que conectan las raíces de diferentes especies.
Las lombrices airean la tierra.
Los insectos polinizan las flores.
Los pájaros dispersan las semillas.
Los árboles generan sombra y regulan la humedad.
La vida no se sostiene gracias a individuos aislados.
Se sostiene gracias a las relaciones.
Un bosque no es la suma de sus árboles.
Es la inteligencia que emerge de sus interacciones.
Nuestro jardín interior también es un ecosistema
¿Y si nuestra mente funcionara igual?
¿Y si la ansiedad fuera una planta silvestre que intenta proteger el terreno?
¿Y si el miedo fuera un pájaro que anuncia la llegada de una tormenta?
¿Y si la tristeza fuera el otoño necesario para que el suelo se enriqueciera?
Algunos documentos utilizan una expresión preciosa:
«Monstruos hermosos».
Desde Rumi, el sufrimiento se convierte en un huésped que trae un mensaje.
Desde la tradición tibetana, las emociones son hielo que puede transformarse en agua.
Desde IFS, las emociones son partes protectoras.
Desde la tradición sufí, el sufrimiento aparece cuando el ego interfiere con la gracia.
Pero todos coinciden en algo fundamental:
No hay que luchar contra las emociones.
Hay que recibirlas, escucharlas, transformarlas e integrarlas.
El jardín necesita biodiversidad
Un jardín compuesto por una sola especie es frágil.
Un ecosistema diverso es resiliente.
Lo mismo ocurre con nosotros.
Necesitamos:
- La alegría, para expandirnos.
- El miedo, para protegernos.
- La tristeza, para elaborar las pérdidas.
- La ira, para establecer límites.
- La ternura, para vincularnos.
- La curiosidad, para crecer.
Cada emoción es una especie distinta dentro del jardín.
Cada parte cumple una función.
La sabiduría no consiste en arrancar las plantas que no nos gustan.
Consiste en aprender a cultivar el conjunto.
No somos individuos aislados: somos sistemas dentro de sistemas
Una persona pertenece a una familia.
La familia pertenece a una comunidad.
La comunidad pertenece a una cultura.
La cultura pertenece a una civilización.
La civilización pertenece a un ecosistema planetario.
Y el planeta forma parte de un universo todavía más amplio.
Somos sistemas contenidos dentro de otros sistemas.
Y cada sistema posee una identidad que no puede reducirse a la suma de sus componentes.
Una familia es algo más que la suma de sus miembros.
Una empresa es algo más que la suma de sus trabajadores.
Una cultura es algo más que la suma de sus ciudadanos.
Un bosque es algo más que la suma de sus árboles.
Y una persona es algo más que la suma de sus emociones.
Existe una inteligencia emergente que organiza cada nivel.
Puedes llamarla conciencia.
Puedes llamarla Self.
Puedes llamarla alma.
Puedes llamarla Dhat.
Puedes llamarla vacío.
Puedes llamarla Dios.
O puedes no ponerle ningún nombre.
La comunidad como medicina
Quizás uno de los mayores errores de nuestra época sea pensar que la identidad es una construcción exclusivamente individual.
La identidad también se construye en relación.
Frank Anderson insiste en que el Self se fortalece a través de relaciones seguras y compasivas. Muchas veces no aparece en soledad, sino en contacto con otra persona capaz de ofrecer seguridad.
Y aquí la biología vuelve a darnos una lección.
Ninguna flor se poliniza sola.
Ningún árbol crea el bosque por sí mismo.
Ninguna abeja fabrica un ecosistema.
La vida es cooperación.
La curación también.
El arte de hablar desde el Self
Quizás la pregunta no sea:
«¿Quién soy?»
Tal vez la pregunta sea:
«¿Desde dónde estoy hablando?»
¿Habla mi miedo?
¿Habla mi herida?
¿Habla mi enfado?
¿Habla mi necesidad de reconocimiento?
¿O existe suficiente espacio para que aparezca algo más amplio?
Tus textos describen tres posibilidades:
- Hablar completamente fusionados con una parte.
- Hablar reconociendo que una parte está presente.
- Hablar desde una presencia suficientemente integrada, capaz de acompañar lo que ocurre.
Quizás la madurez no consista en dejar de sentir.
Consista en aprender a acompañar lo que sentimos.
El regreso al vergel
Existe una antigua historia sufí que afirma que, antes de nacer, cada niño conoce todos los secretos del universo, pero al llegar al mundo un ángel coloca un dedo sobre sus labios y lo sumerge en el olvido. La vida sería, entonces, el proceso de recordar aquello que siempre supimos.
No sé si esa historia es literalmente cierta.
Pero sí creo que contiene una profunda verdad simbólica.
Tal vez no hemos venido al mundo para construirnos desde cero.
Tal vez hemos venido para recordar.
Recordar que no somos únicamente nuestras heridas.
Recordar que no somos nuestras máscaras.
Recordar que no somos nuestras defensas.
Recordar que nuestros monstruos pueden ser hermosos.
Recordar que nuestras sombras contienen semillas de luz.
Recordar que el bosque necesita todos sus árboles.
Y recordar que el jardín interior no florece cuando eliminamos las plantas que nos incomodan, sino cuando aprendemos a cuidarlas.
Quizás el Self sea eso.
El jardinero.
No es la rosa.
No es la higuera.
No es la abeja.
No es el agua.
No es la tierra.
Pero está presente en todas ellas.
Las observa.
Las escucha.
Las nutre.
Y las sostiene con paciencia.
Y tal vez Dios —si existe— no sea muy diferente.
Quizás Dios no esté fuera del jardín.
Quizás sea la inteligencia que permite que el jardín exista.
Y quizá el sentido de la vida no consista en responder definitivamente a la pregunta «¿quién soy?», sino en aprender a habitar, con curiosidad y con amor, este inmenso bosque del que formamos parte.
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